EL AMAZONAS ECUATORIANO. Entre la paz de los santuarios naturales y la sabiduría de las culturas indígenas. – by Miguel Ángel Benjumea

El pasado lunes 10 de marzo asistimos a la visita del Ministro de Ecuador. D Vinicio Alvarado, quien ha presentado a inversores españoles las oportunidades turísticas del país como un destino compacto en el que, según palabras del propio Ministro, es posible desayunar en la playa, almorzar junto a un macizo montañoso al pie de la nieve y cenar en la Amazonia, todo en el mismo día. ¿No os parece algo que merece la pena vivir?

Una auténtica propuesta experiencial por parte de un gobierno que vela por un turismo de naturaleza sostenible, el cual ha merecido la reciente distinción de los World Travel Awards como “Mejor Destino Verde”, y del que os queremos contar nuestra propia vivencia como emodestination. Así, partiendo del concepto inicial de Ecuador como tierra de contrastes, nos centraremos en  una actividad turística que se encuadra en la conservación del medio ambiente, a través de la creación de vivencias basadas en el desarrollo sostenible de comunidades autóctonas indígenas.

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En este sentido, dentro del ecosistema amazónico de Ecuador, mi experiencia en la selva  fue  inolvidable. Un viaje único que me ha permitido conocer la parte más auténtica de un país cuya riqueza es de  incalculable valor. Y que combina con gran acierto,   el valor cultural y patrimonial con el turismo de naturaleza, siendo quizá esta última la parte más desconocida de Ecuador. Por eso, os la mostraremos en primicia en Destinos Experienciales.

El ecoturismo privilegia la sustentabilidad, preservación y apreciación del medio natural y cultural. Las empresas turísticas de esta región arriendan parte del terreno y dan trabajo directo a los nativos locales. Es la misma comunidad  Quechua la que ejerce  de guía mostrándote su territorio y sus formas de vida. Estas iniciaivas  tienen como objetivo fomentar el desarrollo de las poblaciones indígenas, velar por su bienestar y controlar la preservación de su entorno; mediante la creación de experiencias turísticas controladas y no intrusivas con  su cultura y tradiciones.

Mi viaje hacia las profundidades de la Región Amazónica empezaron en Lago Agrio, desde donde tomé un 4×4 con destino al Puente de Cuyabeno. Un viaje de 2 horas atravesando un camino improvisado en medio de una frondosa y exuberante vegetación. Era la primera vez que pisaba el país, mi primera experiencia en el Amazonas, y aún no era consciente de que lo mejor estaba por llegar.

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Cruzamos río abajo el Aguarico en una canoa de motor (el principal medio de transporte en el Amazonas debido a los numerosos ríos y afluentes que vertebran este inmenso mar vegetal). Un trayecto donde pude entrar en contacto con lo más profundo de la Selva. Una flora y una fauna prácticamente inexploradas y uno de los paisajes más bellos del Amazonas ecuatoriano.

El río Aguarico, de proporciones gigantescas, da una sensación de inmensidad en todo su caudal hasta el punto de parecer que vas navegando por el mar siguiendo el litoral. A pesar de que su nombre alude al color blanco de sus aguas, éstas son de un tono mucho más turbio a consecuencia de todo el material que arrastran a su paso. Fue en ese momento cuando empecé a ser consciente de todo aquello que me rodeaba. Un rico ecosistema repleto de aves tropicales como tucanes, loros, caciques, hoatzines… y algún que otro mono que jugaba sobre las lianas de los árboles .

Al fin, tras una intensa pero emocionante travesía fluvial, tocamos tierra en nuestro destino, el ecolodge “Dracaena”. Allí nos instalamos en nuestras respectivas cabañas y, tras una excursión de avistamiento de caimanes, tuve la  suerte de despedir el  día con un bello atardecer color magenta. ¿El Amazonas se rendía a nuestros pies? No, era más bien yo quien se rendía a los pies de la belleza y la inmensidad de la selva ecuatoriana. Mi  viaje acababa de comenzar.

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Al día siguiente, comenzamos muy temprano nuestro programa de actividades, de cara a aprovechar el tiempo y disfrutar de la maravillosa naturaleza. Esa misma mañana navegamos de nuevo río abajo para visitar un saladero de loros y periquitos, los mismos que llegaban todas las mañanas muy temprano para tomar las sales minerales que se asientan en el barro. A continuación, recorrimos otro de los senderos del bosque primario para seguir disfrutando de la flora autóctona. Con la ayuda de nuestro guía, aprendimos del uso de las plantas medicinales que los antiguos chamanes utilizaban en sus más ancestrales remedios. Tienen plantas para todo tipo de enfermedades y malestares, como por ejemplo, la corteza del árbol que calma la tos, y las hojas manguyaje’cho que curan las heridas. También, existe una gran variedad de plantas comestibles como la chhaofaje, una variedad de caña cuya hoja es usada para hacer té.

Tras un descanso para comer, volvimos a la canoa de motor para emprendernos en una nueva ruta, amenizada por la compañía de monos, reptiles, anacondas y un sinfín de aves que sobrevolaban el maravilloso cielo del Amazonas. Los días eran intensos, amanecía muy temprano y los sonidos de la selva te envolvían en una atmósfera única y experiencial.

Uno de los momentos más divertidos del viaje fue salir a pescar.  Armados con una caña rudimentaria, atamos el cebo y lo dejamos flotar en el río…. ¡hasta que pica una piraña! No sin cierta aprensión, la examino de cerca con gran curiosidad y me doy cuenta de lo realmente fascinantes que son. Pese a la creencia popular, no suelen atacar al hombre, aunque sí es verdad que están provistas de unos dientes muy afilados capaces de romper anzuelos que no dudan en utilizar para defenderse.

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Tras unas horas de trayecto, quién me iba a decir que, sumergidos en las profundidades del Río Cuyabeno, avistaríamos dos de las especies de delfines que habitan en aquella parte de la selva: Inia Geofrensis o delfín rosado y Sotalia Fluyiatis o delfín gris. Los delfines son rosados sólo cuando llegan a la edad adulta, pero cuando son jóvenes tienen el lomo negruzco y el vientre algo más claro, lo que les permite camuflarse en el entorno. Resulta asombroso que puedan navegar en la maraña de ramas y obstáculos de la selva, gracias en parte a una mayor movilidad de cabeza con respecto a los delfines comunes, lo que les proporciona la flexibilidad necesaria para maniobrar con soltura. ¡Sin palabras! Y qué mejor forma de terminar el día que dándonos un baño en las profundidades del Amazonas, una experiencia única e  inolvidable

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Y como cada noche, iniciamos una caminata nocturna dentro del bosque para aprender y observar insectos, arañas, sapos, serpientes y deleitarnos con los sonidos nocturnos de la selva amazónica. 

Sin lugar a dudas cabe destacar el día en el que visitamos la comunidad indígena Quechua, donde con la ayuda de nuestro guía naturalista, nos introducimos en la cultura y tradiciones de los pueblos nativos; desde sus orígenes más remotos hasta el presente. Tuvimos la oportunidad de convivir con ellos, conocer sus cultivos, formas de vida, hogares y rituales ancestrales.

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Elaboramos unas ricas arepas de yuca, que comimos junto a ellos  a la vez que nos mostraron la importancia de la preservación de la selva de cara al futuro, así como su filosfía de vida  basada en el amor a la “pacha mama”. De vuelta a nuestras cabañas, como no podía ser de otra manera, de repente y sin previo aviso comenzó una lluvia torrencial que no logramos prever debido a que, estando en el bosque, el cielo es bastante más complicado de vislumbrar por  las copas de los árboles. Una vez más el Amazonas consiguió sorprendernos de nuevo.

Naturaleza, tradición, culturas ancestrales, flora y fauna son sólo algunos de los maravillosos ingredientes de esta aventura en el Amazonas. Un destino inundado de experiencias y recuerdos. Una reserva ecológica que atesora magia y ofrece incontables posibilidades a los viajeros que esperan encontrar la paz de los santuarios naturales y la sabiduría de las culturas indígenas.

LIANA

Miguel Ángel Benjumea / Twitter:@miguelbenjumea